Mi proceso personal

A los cuatro años, tuve una infección de sarampión que coincidió con el nacimiento de mi querido hermano. Por lo tanto, para evitar contagiarle, me llevaron a vivir a casa de mi abuela durante un mes. Esta separación temporal de mis padres me causó un gran impacto emocional, y comencé a tener fuertes dolores de cabeza. Mis padres me llevaron al oftalmólogo, el cual me diagnosticó miopía, y aquí comenzó mi experiencia con las gafas. No me gustaban, y siempre estaba mirando por encima de ellas.

Alrededor de los seis años, aprender a leer y escribir se convirtió para mí en una verdadera tortura. Mis compañeros se reían porque me equivocaba, inventaba y tartamudeaba leyendo. Todo este estrés emocional hizo que la graduación de la miopía siguiera aumentando, y también comencé a tener astigmatismo. Ya de mayor, aprendí que lo que padecía era dislexia.

A los 39 años, disfrutando de un buen trabajo con un salario bien remunerado, llegó la crisis inmobiliaria de 2007, que acabó con todo ese bienestar laboral. Este proceso, que duró unos tres años, dio lugar a la aparición de la presbicia y las cataratas. A esto se le sumaron diferentes desafíos familiares. El estrés vital aumentó, y tuve un desgarro gigante de retina que me anuló la visión del ojo derecho y produjo un estrabismo divergente.

La visión natural apareció en mi vida como una inspiración, fruto de la necesidad y de mi firme creencia en los milagros.

Durante el proceso de deterioro de mis ojos, tenía el anhelo de que un cambio de dirección y sentido era posible. Yo pensaba que iba a ser de una manera rápida, como si una mañana al despertarme mis ojos estuviesen sanos y con una visión equilibrada. Sin embargo, ha sido un proceso maravilloso en el que, fruto de esa motivación, tomé la decisión de estudiar el grado de Psicología. Cuando empecé, Margarita, mi querida esposa, me grababa los apuntes, y yo los memorizaba de oído.

Un día, comencé a tener el sentimiento de estudiar Percepción Visual, pero me causaba mucha resistencia porque todo lo referido a la visión me provocaba tanto dolor emocional que lo evitaba. En la asignatura, aprendí sobre la anatomía, fisiología, movimiento aparente, procesamiento neuronal de la visión percepción y memoria.

En ese tiempo, me interesé profundamente por el sistema nervioso, en especial con el sistema nervioso autónomo y la relación de este con la meditación y el mindfulness. Comencé a practicarlo y a experimentar sus frutos. En este proceso tan interesante y sanador, al poco tiempo apareció la Doctora Ainhoa de Federico, certificándome como Educador Visual en el método «Volver a Ver Claro» de Ainhoa de Federico y en «Yoga Visual» de Teresa Pellejero, donde se experimentan e interiorizan los niveles: físico, químico, emocional, mental, energético y sutil.

Mi corazón se llenó de alegría y esperanza y el milagro comenzó a surgir de una manera mucho más interesante, ya que podía ser acompañado y también acompañar a otros en su sanación visual, tanto exterior como interior.

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